Todos en la estación conocían a Pepa .
Cada mañana,a eso de las ocho,la veían llegar por el camino que atraviesa el pueblo .
Se paraba un instante en la puerta y miraba el antiguo reloj, colocado justo encima de la fecha de inauguración - año 1934 -para seguidamente, sacando un pequeño peinecillo de su bolsillo ,dar los últimos toques a su peinado.
Y con los andares decididos que la caracterizaban, entraba en la sala de espera y se sentaba en el único banco que aún quedaba.
De vez en cuando,se levantaba, se acercaba a la ventanilla y preguntaba si el tren venia con retraso.
-No Lola, ya sabes que queda media hora-
-Algo habrán puesto en la vía , por eso tarda-
-¿Qué van a poner? .
Y antes de oír su respuesta , Antonio - que junto al jefe de estación , eran los únicos empleados de la estación - se daba la vuelta e ignorandola, cogía su bocadillo y su cerveza, dispuesto a dar buena cuenta de su almuerzo.
De sobras sabia a quien esperaba Lola, eran muchos años con la misma rutina.
Ya estaba acabando la guerra, cuando vino por primera vez; con su vestido verde -el que le había hecho su madre -unos zapatos de tacón blancos y su pelo largo , adornado de pequeños rizos castaños.
Esperaba el tren del que bajaría su novio, Andrés. Ya tenían fecha para la boda. Sería una ceremonia sencilla ya que no estaban los tiempos para celebraciones ni algarazas, tampoco la necesitaban, con su amor bastaba.
Faltaban diez minutos para las ocho cuando se oyó una detonación lejana, seguida de ruidos metálicos y el chirriar del tren deslizándose sobre la vías.
Nunca supieron quien puso la bomba, pero para Andrés fue su último viaje y en cuanto a Lola ,¿que podemos decir de Lola?.
Ni una palabra salió de su boca.Se encerró en casa, sentada delante de la ventana, con la mirada puesta en el camino de las ilusiones rotas: quieta, impasible, sin que un solo músculo de su cuerpo se moviera.
-Todos la decían - has de seguir adelante, tienes que rehacer tu vida-.
Hasta que un día -para sorpresa de sus allegados- se levantó de la silla, se puso el mismo vestido verde y decidida, encaminó sus pasos hacia la estación , para esperar el tren, que ella creía que aun llegaría.
Pasaron los años y un pequeño resplandor blanco iba asomando entre sus bucles castaños.Su vestido cada vez estaba más ajado y unas tenues arrugas iban marcando su semblante que se iba volviendo apagado .
Ni una palabra salió de su boca.Se encerró en casa, sentada delante de la ventana, con la mirada puesta en el camino de las ilusiones rotas: quieta, impasible, sin que un solo músculo de su cuerpo se moviera.
-Todos la decían - has de seguir adelante, tienes que rehacer tu vida-.
Hasta que un día -para sorpresa de sus allegados- se levantó de la silla, se puso el mismo vestido verde y decidida, encaminó sus pasos hacia la estación , para esperar el tren, que ella creía que aun llegaría.
Pasaron los años y un pequeño resplandor blanco iba asomando entre sus bucles castaños.Su vestido cada vez estaba más ajado y unas tenues arrugas iban marcando su semblante que se iba volviendo apagado .
En el pueblo pensaban que estaba loca, no comprendían la fuerza de su amor profundo hacia quien ya no existía.
Justo es decir que si había una persona que no sólo la comprendía, sino que la quería. Era Manuel, su vecino y cuando ella salia ,acompasaba sus andares a los de ella, y la seguía.
Y así pasaban las horas, Lola esperando el tren que no llegaba y Manuel, en el hueco de la puerta, mirándola.sin perder la esperanza de que un día, ella se daría la vuelta y le vería.-Es la locura de amor, la más cuerda de todas- está llena de amaneceres, de días que no se acaban, de encuentros y esperas.
Anhelos que a veces no llegan y nos hunden, como hacen las piedras al caer en el agua.
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